En otoño e invierno, o en días nublados, el invernadero recibe menos luz de la que el cultivo necesita para mantener su ritmo de crecimiento.
La cubierta, la estructura y la orientación del invernadero filtran y reducen la radiación solar antes de que llegue al cultivo — normalmente entre un 35% y un 50% respecto al exterior.
Cuando esa pérdida coincide con jornadas cortas de invierno, el cultivo no alcanza el DLI (la cantidad total de luz útil que recibe en 24 horas) que necesita para fotosintetizar al ritmo previsto. Ahí es donde entra la luz LED suplementaria: no sustituye al sol, lo complementa exactamente en la cantidad que falta.